Eadweard Muybridge, The Human Figure in Motion, 1887.
Seis últimas tomas de crono-fotografía titulada "Lucha greco-romana"
Tu quieres preguntar y para preguntar
primero hay que morirse.
Jorge Boccanera
Para George y otros muertos
Quiero dos cosas al mismo tiempo. Quiero mi casa privada y en silencio absoluto, un sillón sin pelos de gato y una buena lámpara. Tomarme todo el vino yo sola. Algo como sacar la panza o quedarme jorobada. Pero también quiero salir y tener a la ciudad viva encima, correr peligro no importa. Descifrar el trayecto de las migraciones, los círculos que nadie entiende. Y quiero ver el efecto nocturno de las luces de los postes que se quedan sin luz y vuelven con luz y se van de nuevo. Quiero dudar de la calle, sentir miedo de la lluvia también y de los sonidos que escuchan sólo los perros. Descifrar la ruta que traza la violencia. Volver a las ideas. Pisar las líneas del suelo, saltármelas, perseguir peatones apurados, asustarlos. Enojarme con la vida ajena, los paseos lentos en la mañana, en la avenida central. Celebrar un pleno lunes, fracasar a las 4 de la tarde. Quiero repasar los eventos tontos, adivinar mi vejez, sostener una vida lenta y sin pretensiones. Imaginar que vuelvo, como en un suicidio, entrar en esta casa y llevar una cuerda privada en el cuello, abrir la ventana mientras quedo absorta. Volver a las ideas. Pisar las líneas del suelo, saltármelas.
Tiene los ojos abiertos. Antes de morir quisiera ver la tumba de Virginia, o ver su pierna. Creo que ha explotado. La sensación del color absoluto. Yo nunca digo que coloco las cenizas en el cenicero como si fueran las mías de mis huesos. De mis huesos depositar el color en el humo. O depositar en el color al toro que matan con metal seco.
Decir toro es ver morir la taquicardia, asentir con la cabeza que ellos son necios por necesidad. Decir tauromaquia es aún más necio. Después quién les da de comer, quién los conoce rotundos. Los hombres deberían ser más como los toros. Más sanguíneos, menos mudos.
No alcancé a cerrar los ojos a tiempo. Su cabeza retumbó, abrió la boca, cayó de rodillas. A los toros los matan por televisión. Yo siempre les ví los ojos.
No me sucede la lluvia cuando reemplazo el tiempo, o cuando la ventana tiene nombre masculino. No me interesa en lo absoluto si la gripe está viva, si es un negocio la droga, o si no veo nunca a mis amigos. No me importa si las personas mueren, es negocio el funeral, las plantas se quedan sin agua. Pasar el cementerio. Echarle un vistazo. Poco me dice el gesto pesimista de los maniquíes, los atropellados. Yo señalo que está bien si se hunde Malasia, que la estupidez es del tiempo y no mía, cuidando de los hijos, repitiendo la ambulancia por la calle. La vitrina se limpia cada semana, seguirán las luces en la noche, y todos los tacones se quitarán de las mujeres para que aguante el día. Mi urgencia es equivocarme.
Mi espacio en el ático se redujo a la mitad. No cabe nadie.
Me asomo por la ventana para descifrar el origen de los pájaros, mis técnicas que no dejan pasar la tarde, como espantando con los brazos las moscas de la comida, fingirse muerta. Hay una calle importante que pasa al frente de mi casa. A veces logro ver los gestos de los buses, con estilo perdido, amontonados. De qué servirá la ventana anónima? De qué sirve provenir del viento? Desatarse los zapatos después, limpiarse la boca, lavarse las manos. Estos minutos de la tarde estancan los pies que no van a ninguna parte, el bus callado, talvez ellos queriendo venir a mi ático, llegar a alguna parte donde nadie está muerto, mi voz rebotando pero eso se arregla, barbie llora por ken y se va a trabajar, repongo la barbie, pongo el café, limpio el baño. Que venga la gente.
(foto tomada y adaptada de google images, sin autoría)
(peces rojos)
Estoy empeñada en discriminar todos los sonidos de mi casa que no sean del viento, todas las cosas que chocan contra el viento. Descartar los cuadros caídos, un poco la música lo admito, las voces fingidas de los grillos, las hormigas, el basurero minúsculo, mi gato husmeando las cajas. Algo como condenar el movimiento, lo que pasa y no se parece al viento porque se detiene, carcome algo mínimo de mí, disturba mi papel y mi escritorio, la luz que se hace niebla se hace lenta. Sólo necesito postrarme horizontalmente y saber que desde aquí se ven desamparados más fragmentos del techo.
Una farsa el escenario. Espero recostado en la pared. Parece un suelo, una caja. No quiero detalles. No los necesito. Nada camina cerca, especulo la forma de lo que sucede en este instante, la puerta cerrándose, la tela negra que cuelga y se sombrea porque está viva. Espero los recuerdos de la mañana, el dueño del muñeco guindando en la parte trasera del carro. Soy yo nulo. Yo postizo. Creo que estoy sudando un poco, o estoy nervioso un poco, y asomo la mirada hacia el frente espectador. Ni la espera ni la posición ni el suelo avisan lo que viene, lo que aparece justo cuando venimos al mundo, nunca se anuncia, no sé a lo que vine, ni lo que digo, ni cuánto tiempo me queda. Estoy solo, furioso. No dejo de pensar en el tedio de la anticipación. No dejo de asumir que mi única forma es una espalda encorvada, retrasada contra el pecho. Débil y sin verdaderas ganas de algo. Me inclino por todas las razones, golpeo porque no soy de piedra, no estoy preparado, el suelo, lo que cuenta es estar en este mundo supongo. Así soy cuando se hace el silencio. Quiero sabotearlo, dejar sólo la cabeza y las dos piernas. Hubiera preferido otra cosa, no miento, pero intuyo que en efecto, hay más habitaciones que ésta.El cuerpo se mueve solo, sin control. La soledad mía es la ignorancia. Ignorancia del cuerpo que cae repetidas veces, que no sabe la cualidad del aire empujándome, que intuye lo frío, lo ventoso, la masa química arriba, una gestualidad arenosa voluble en su forma. Mi cuerpo es diagonal, es izquierda, ángulo donde se doblan las rodillas o las ramas. Es probable que esté prohibido doblegarse, erguirse porque es norma, una barra incrustada en la columna vertebral. Es probable que tampoco se puedan abrir los brazos en cruz, en equis, en cuadros de pintores cubistas. Por el momento mi ignorancia y yo nos dejamos enterrar en la tierra que suponemos nos ofrece voluntariamente el viento. Anulada para alguna otra ocasión que todavía no se presenta.
Llevando 50 páginas de desasosiego, puedo afirmar levemente, indicios vehementes, que de las calles está lleno el bullicio. Que lo que sucede adentro tiene explicaciones en todos lados, en el azar que lanza piedras, en los amores que no suceden y a quién le importa, en las mayores renuncias del alivio. Conforme avanza la luz madrugada, me agosto, apenas quepo en un recinto de voz propia, como darle cuerda a la mente para que se invente los mejores espacios millonarios del universo y nada, porque esto he de confesar. La utilidad inteligente y natural de la noche me despierta con una de esas anomalías absolutas: todo mi tiempo es absurdo como un luto.
Para saber
- Silvia Piranesi
- Fuera de las cárceles inventadas de Piranesi, como el que escapa de una prisión cuyos muros de niebla a más correr, más se alejan". M.A. Asturias
Invento
Héctor Burke
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